La economía no se mueve por buenas intenciones, sino por incentivos

Muchas discusiones económicas se plantean en términos morales.

¿Es justo?
¿Es solidario?
¿Es correcto?

Pero la economía, como disciplina, no empieza ahí.
Empieza en otro lugar:

¿Qué incentivos crea esta decisión?

Porque las buenas intenciones pueden ser sinceras.
Pero los resultados dependen de otra cosa.

Qué es un incentivo (sin vueltas)

Un incentivo es cualquier factor que modifica el comportamiento porque cambia el costo o el beneficio de una decisión.

Puede ser monetario.
Puede ser social.
Puede ser político.
Puede ser simbólico.

Si hacer algo te rinde más, es más probable que lo hagas.
Si hacer algo te cuesta más, es menos probable que lo elijas.

No es cinismo.
Es comportamiento humano básico.

La diferencia entre intención y resultado

Una medida puede estar pensada para ayudar.
Pero si altera los incentivos de una manera determinada, generará conductas previsibles.

Subís el precio de algo → la gente consume menos.
Subís el costo de contratar → se contrata menos.
Premiás una actividad → esa actividad aumenta.

No porque las personas sean “buenas” o “malas”.
Sino porque responden a incentivos.

La economía no pregunta si algo es noble.
Pregunta qué efectos va a producir.

Por qué esto incomoda

Pensar en incentivos obliga a dejar de analizar las decisiones solo desde la moral.

Obliga a reconocer que las personas reaccionan.
Que ajustan su conducta.
Que buscan maximizar lo que les conviene dentro de sus restricciones.

Muchas políticas fracasan no por maldad ni ignorancia, sino porque ignoran este punto básico.

Se diseñan como si las personas no fueran a cambiar su comportamiento.

Y siempre cambian.

Algunos ejemplos cotidianos

No hace falta ir a grandes teorías.

Si un impuesto vuelve muy caro el trabajo formal, crece la informalidad.
Si un subsidio reduce artificialmente un precio, aumenta la demanda de ese bien.
Si congelás un precio sin alterar costos, aparecen faltantes.

No es ideología.
Es lógica de incentivos.

Ignorarlos no los elimina.
Solo hace que los efectos sorprendan después.

Todos respondemos a incentivos

Trabajamos más si el esfuerzo tiene recompensa.
Evitamos costos innecesarios.
Postergamos lo que nos penaliza.

Incluso en lo personal:

Si estudiar te acerca a un objetivo claro, lo sostenés.
Si no ves el beneficio, abandonás.

No somos máquinas perfectamente racionales.
Pero tampoco somos ajenos a los incentivos.

El poder de entender esto

Cuando empezás a mirar la realidad económica desde los incentivos, algo cambia.

Dejás de quedarte solo con el discurso.
Empezás a preguntarte:

¿Quién gana?
¿Quién pierde?
¿Qué conducta se está premiando?
¿Qué conducta se está castigando?

Y esa mirada te da algo valioso:
criterio propio.

Una pregunta final

Antes de discutir si una medida es justa o injusta, buena o mala, vale la pena hacerse una pregunta previa:

¿Qué incentivos está creando?

Porque la economía no se mueve por intenciones.
Se mueve por incentivos.

Ignorarlos no es neutral.
Es elegir no ver cómo realmente funcionan las decisiones.

Y cuando no ves los incentivos, otros los diseñan por vos.

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