Ley de Rendimientos Decrecientes: por qué trabajar 14 horas a veces rinde menos que 6

Cuando daba clases, este era, por lejos, uno de mis conceptos económicos favoritos. Para explicarlo nunca usaba gráficos inentendibles ni fórmulas aburridas; usaba el sentido común y el estómago.

Imaginate que te sentás a comer tu comida favorita con mucha hambre. El primer plato te parece un manjar, te da una satisfacción enorme. El segundo plato todavía lo disfrutás y te deja lleno. Pero si te obligás a comerte un cuarto, quinto y sexto plato, la satisfacción desaparece por completo. Ya no estás comiendo por placer ni para nutrirte; te estás ganando una indigestión terrible.

Agregar más cantidad de comida a un estómago que ya llegó a su límite no suma, resta. En economía, a esto se lo llama la Ley de Rendimientos Decrecientes. Y es la prueba irrefutable de que, en la vida y en los negocios, "más" no siempre significa "mejor".

La indigestión mental de las 14 horas

Llevá el ejemplo de la comida a tu rutina de trabajo. Tenemos metida en la cabeza la idea tóxica de que si trabajamos 14 horas seguidas vamos a producir el doble que si trabajamos 7. Es una mentira que nos compramos para sentirnos productivos y que nos hace bolsa.

Tus primeras 4 o 6 horas del día suelen ser impecables. Tenés la cabeza fresca, tomás buenas decisiones y el trabajo fluye de maravilla. Pero cuando pasás la barrera de las 8 o 10 horas, tu cerebro entra en cortocircuito.

La hora número 13 no rinde lo mismo que la primera. De hecho, su rendimiento suele ser negativo. En esa hora extra donde ya no das más, es cuando mandás un presupuesto mal calculado, le respondés mal a un cliente o cometés un error en el sistema que mañana te va a llevar tres horas arreglar.

Estás saturando el factor fijo (tu capacidad mental) metiéndole más carga de la que puede procesar, exactamente igual que cuando te empachás con comida de más.

Dejá de chocar contra la pared

En la economía pura, la regla dice que si tenés un factor fijo (como un campo de una hectárea) y le agregás infinitos trabajadores, llega un punto en que se empiezan a estorbar y la producción total cae.

En tu profesión pasa lo mismo. Reconocer cuándo llegaste al punto de rendimientos decrecientes es una muestra de madurez. Llega un momento en el día donde lo más rentable e inteligente que podés hacer es apagar la computadora, levantarte de la silla y desconectar.

Forzar la máquina cuando el tanque está vacío solo te garantiza una indigestión mental. La próxima vez que estés quemando las pestañas a las diez de la noche frente al monitor para "avanzar un poco más", acordate del sexto plato de comida y cortá por lo sano. Tu yo de mañana te lo va a agradecer.

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